Clave N.º 15 Volví a creer… no porque todo estuviera bien, sino porque entendí que la fe no era debilidad, era lo único que me sostenía cuando todo lo demás se caía.

 

Necesitaba creer. Y no, no lo digo desde una versión ingenua de mí que esperaba que todo se arreglara con optimismo barato, frases motivacionales o “pensar positivo”. Ya había probado vivir sin creer en nada… y el resultado fue bastante desastroso emocionalmente.

Porque cuando uno deja de sostenerse en algo, termina cayéndose con una consistencia admirable.

Durante mucho tiempo confundí la fe con debilidad. Pensaba que creer era una especie de refugio emocional para quienes no podían soportar la realidad. Hasta que la realidad me dejó bastante claro que yo tampoco podía con ella cuando no tenía nada que me sostuviera por dentro.

Durante mucho tiempo creí más en mis límites que en mis posibilidades. Creí más en mis errores que en mi capacidad de reconstruirme. Y cuando uno deja de creer en sí mismo, empieza a aceptar cosas que lentamente lo destruyen.

Empieza a quedarse donde sabe que no debería estar. Empieza a justificar lo injustificable. Empieza a conformarse con sobrevivir porque ya ni siquiera imagina una vida distinta.

Y sobrevivir no siempre significa vivir.

La fe no apareció en mi vida como un milagro cinematográfico. No hubo señales épicas ni un momento mágico donde todo se acomodó de repente. Fue algo mucho más silencioso… y mucho más difícil.

Fue una decisión.

La decisión de dejar de abandonarme cada vez que la vida se ponía complicada.

Necesitaba creer en algo: en Dios, en mis sueños o, al menos, en la posibilidad de que mi vida todavía podía cambiar. Porque creer no significa vivir sin miedo. Significa seguir avanzando aun cuando el miedo aprieta el pecho y las dudas hacen ruido en mi cabeza. Significa dar pasos incluso sin tener el camino completamente claro. Significa sostenerme en esos días donde todo dentro de mí parece confundido, donde mi mente cuestiona cada decisión y mis emociones parecen empeñadas en hacerme retroceder. Pero entendí que la verdadera fe no nace cuando todo está bien… sino cuando, aun sintiéndome perdido, decido no rendirme.

La fe no elimina el dolor. Ojalá fuera tan conveniente. El dolor sigue ahí, puntual como siempre. La diferencia es que ya no me quedo atrapado dentro de él como si fuera el único lugar donde pertenezco.

Ahora entiendo que la fe no es negar la realidad.

Es negarme a aceptar que esta versión rota de mi vida será la definitiva.

Y poco a poco algo empezó a cambiar dentro de mí.

Empecé a respetarme más. A poner límites. A dejar de justificar aquello que me hacía daño. A decir “no” sin sentir culpa automática. A entender que elegirme no me convertía en egoísta… me convertía en alguien que finalmente estaba dejando de abandonarse.

Empecé a vivir con más intención y una dirección más clara.

No perfecto. No impecable. No convertido mágicamente en una persona iluminada que tiene la vida resuelta antes de las ocho de la mañana.

Pero sí más consciente.

Todavía tengo dudas. Todavía hay días donde el miedo habla más fuerte que mi esperanza. Todavía a veces retrocedo emocionalmente y extraño versiones de mi vida que, siendo honestos, casi me destruyen.

Pero hay algo que ya no hago:

Ya no me abandono.


RECUERDA ESTO

—— . ——

Cuando dejas de creer en ti, empiezas a aceptar cosas que jamás deberías tolerar.


Fragmento del Libro:

"En un mundo que no perdona decidí no rendirme 39 claves para volver a empezar".

Una invitación a reflexionar, sanar y encontrar el valor para comenzar de nuevo.

Conoce más sobre el libro >>

Publicar un comentario

0 Comments

Formulario de contacto