Durante mucho tiempo postergué el aprendizaje como si fuera una cita incómoda a la que podía llegar “otro día”.
Pensaba que ya había pasado mi momento, que había trenes que no solo se habían ido… sino que además ya no volverían a pasar por mi estación. Y ahí estaba yo, mirando las vías vacías, esperando resultados distintos sin cambiar nada.
Brillante estrategia… si mi objetivo hubiera sido quedarme exactamente donde estaba.
Pero la realidad es menos amable: el mundo no espera. No se detiene a preguntarte si estás listo, si tuviste un mal día o si simplemente no tenías ganas. Si no avanzas, te reemplaza. Así de simple. Así de incómodo.
Con el tiempo entendí que aprender no era opcional. No era algo que se hacía “cuando se pudiera”… era algo que definía si ibas a avanzar o quedarte atrás. No podía pretender empezar de nuevo con los mismos errores bien maquillados. Si quería resultados distintos, necesitaba convertirme en alguien distinto.
Y eso implicaba aprender.
Aprender incluso cuando no tenía ganas.
Aprender cuando era incómodo.
Aprender cuando mi orgullo prefería decir “ya lo sé” en lugar de admitir “no tengo idea”.
Sí, fue tedioso. A veces desesperante. Hubo días en los que avanzar un poco se sentía como empujar una pared con la frente… lentamente… y sin protección. Pero ahí estaba la verdad: si incomodaba, si dolía, si me hacía sentir torpe… era porque estaba rompiendo una versión vieja de mí mismo.
Porque aprender no es elegante. No es rápido. Y definitivamente no siempre es motivador. Pero funciona.
Cada cosa nueva que entendía me daba una pequeña ventaja. Cada error corregido me quitaba peso. Cada intento, aunque imperfecto, me alejaba de la versión de mí que se conformaba con menos.
Y poco a poco, sin darme cuenta, todo empezó a cambiar.
No fue un cambio inmediato ni una transformación dramática. Fue algo más profundo: fue constante. Fue real. Fue inevitable.
Porque cuando decides aprender, dejas de ser víctima de lo que no sabes y te conviertes en responsable de lo que puedes llegar a ser. Y eso cambia completamente el juego.
Hoy lo tengo claro: no era tarde. Solo estaba postergando el momento en el que debía empezar.
Y ese momento, en realidad, siempre había estado disponible.
RECUERDA ESTO
—— . ——
“
El momento de aprender no llega… lo decides.
Fragmento del Libro:
"En un mundo que no perdona decidí no rendirme 39 claves para volver a empezar".
Una invitación a reflexionar, sanar y encontrar el valor para comenzar de nuevo.
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