Durante un tiempo confundí sentirme perdido con no tener valor. Como si no saber exactamente hacia dónde iba automáticamente significara que mi vida valía menos. Como si estar cansado fuera una señal de fracaso y no la consecuencia lógica de haber sostenido demasiado durante demasiado tiempo.
Y eso fue lo más peligroso.
Porque no era solo el agotamiento. Era la manera en la que empecé a mirarme a través de él. Como si mis días difíciles definieran todo lo que soy. Como si un mal momento tuviera autoridad suficiente para decidir cuánto valgo como persona.
Y claro, cuando uno vive mucho tiempo sobreviviendo, termina creyendo que eso es vivir.
Me exigía como si no tuviera límites. Como si sentirme mal fuera un defecto de fábrica y no una señal de que algo dentro de mí necesitaba atención. Seguía adelante por costumbre, orgullo y una terquedad emocional que, siendo honestos, ya rozaba el trabajo de tiempo completo.
Ignorarte no te hace fuerte… solo te hace más difícil de reparar después.
Ahí entendí algo incómodo: el problema no era sentirme perdido. El verdadero peligro era empezar a creer que eso era todo lo que iba a ser.
Y eso cambia todo.
Porque una cosa es atravesar un mal capítulo… y otra muy distinta es convertir ese capítulo en tu identidad. Adaptarte tanto al dolor que bajas tus expectativas, justificas tu desgaste y empiezas a convencerte de que no hay mucho más esperando por ti.
Pero no.
Mi vida no pierde valor porque hoy no tenga todas las respuestas. No se vuelve menos importante porque esté cansado. No se reduce únicamente a lo que me duele ahora mismo.
Y aceptar eso no fue automático.
No apareció una mañana acompañado de claridad absoluta y música motivacional de fondo. Fue más bien una repetición incómoda. Un ejercicio constante de recordarme algo que muchas veces no lograba sentir: mi vida sigue teniendo valor incluso en los días donde yo no alcanzo a verlo.
También tuve que entender algo que nunca me enseñaron bien: no necesito tener la vida resuelta para merecer quedarme.
No necesito ser fuerte todo el tiempo. No necesito estar bien todos los días. No necesito convertirme en alguien perfecto para justificar mi existencia.
Porque intentar sostener esa versión irreal de fortaleza fue justamente lo que me llevó a abandonarme tantas veces.
Hoy lo veo distinto.
Hoy entiendo que también hay valentía en detenerme. En admitir que no puedo con todo. En reconocer que necesito reconstruirme en lugar de seguir fingiendo que todavía puedo sostener ruinas con una sonrisa medio funcional.
Y sí, todavía tengo días malos.
Días donde dudo. Días donde me siento cansado de mí mismo. Días donde volver a desaparecer emocionalmente parece una opción tentadora.
Pero esta vez estoy intentando algo diferente: quedarme.
Quedarme incluso cuando no tengo respuestas. Quedarme cuando no me gusto demasiado. Quedarme cuando avanzar se siente lento, incómodo y poco emocionante.
Porque si algo entendí en todo este proceso, es que abandonarme nunca solucionó nada.
Y por primera vez en mucho tiempo, estoy dejando de tratarme como alguien reemplazable dentro de mi propia vida.
RECUERDA ESTO
—— . ——
“
No necesitas tener la vida resuelta para que tu vida siga teniendo valor.
Fragmento del Libro:
"En un mundo que no perdona decidí no rendirme 39 claves para volver a empezar".
Una invitación a reflexionar, sanar y encontrar el valor para comenzar de nuevo.
0 Comments
Publicar un comentario