Hoy no soy la misma persona que ayer. No porque todo haya cambiado de repente —la vida no suele tener ese tipo de consideraciones dramáticas—, sino porque hice algo que durante mucho tiempo postergué con una creatividad casi admirable: decidí dejar de aplazar mi propia transformación.
No hubo un momento épico. No sonó ninguna música inspiradora de fondo. Fue más bien una decisión silenciosa, incómoda, de esas que no se anuncian… pero que lo cambian todo.
Elegí soltar.
No con elegancia perfecta, no con esa serenidad impecable que venden en los libros, sino como quien suelta algo que ya le pesa más de lo que puede justificar.
Elegí enfrentarme.
No porque me sintiera listo, sino porque entendí que seguir evitando también era una forma de quedarme atrapado.
Elegí empezar.
Aunque no tuviera todas las respuestas. Aunque no supiera exactamente cómo. Aunque una parte de mí todavía dudara.
Cerrar ciclos no es un acto limpio. No es ordenar una habitación y apagar la luz. Es más bien salir de un lugar que aún tiene cosas tuyas dentro… y resistir la tentación de volver solo porque te resulta familiar.
Y sí, no va a ser perfecto. Probablemente tropiece. Tal vez, en algún momento de debilidad o nostalgia mal gestionada, vuelva a pisar un terreno que ya había decidido abandonar. Porque cambiar no es un evento… es una práctica. Una repetición incómoda hasta que, con suerte, se vuelve hábito.
La diferencia es que ahora ya no puedo decir que no sabía.
Y eso —aunque no suene especialmente reconfortante— lo cambia todo.
Ahora estoy creando espacio.
Espacio para hábitos que me construyan, no que me desgasten con discreta eficiencia.
Espacio para pensamientos que me impulsen, no que me saboteen con argumentos convincentes.
Espacio para decisiones más conscientes… y menos impulsivas. O, al menos, menos destructivas, que ya sería un avance considerable.
Cerrar ciclos no es solo dejar algo atrás. Es dejar de ser la versión de mí que necesitaba eso para sostenerse. Y, siendo honesto, esa versión ya estaba bastante agotada.
Este es mi momento.
No para convertirme en alguien perfecto —esa fantasía ya la descarté hace tiempo, junto con otras expectativas poco realistas—, sino para convertirme en alguien real. Alguien consciente. Alguien que, aunque no siempre acierte, al menos se hace cargo.
“Cerrar ciclos, al final, no fue perder… fue dejar de perderme.”
Comentarios
Publicar un comentario